martes, 15 de julio de 2008

Las entrevistas de trabajo.

El mundo de las entrevistas de trabajo es fascinante. Yo lo sabía, aunque hasta hace unos días no tenía pruebas. Pero después del shock, una vez ordenados mis pensamientos, os traigo en primicia mi primera entrevista de trabajo seria. Si ya me conocéis, os podéis imaginar la que se avecina. Si no, preparaos para un mundo de horrores sin límite.

Y un, dos, un dos tres…

De verdad que no entiendo…

LAS ENTREVISTAS DE TRABAJO

Lo primero que hay que saber de una entrevista de trabajo es que hay que ir de traje, cosa que me resulta incomprensible. Si en un segundo el entrevistador va a saber que si fuera yo quien me vistiera en mi funeral, iría en vaqueros, ¿por qué tengo que intentar engañarle poniéndome de tiros largos? Para eso prefiero ir vestido de Chuck Norris y que se piense que si no me da el puesto le endiño una patada giratoria. Por desgracia, en el mundo de los negocios Chuck no tiene tanto “gancho”. ( Ak ak ak ak, I told a joke. ).

Para el que nunca se lo haya puesto, el traje es una herramienta de tortura que consiste en una chaqueta que da un calor horrible, una camisa abotonada hasta el cuello para conservarlo sin que se disipe, y una corbata a modo de nudo corredizo por si lo de morir deshidratado y cocido nos parece demasiado lento. Dicen que el diseño original incluía un revolver, pero era demasiado aparatoso, así que lo cambiaron por la soga, que permite suicidios más discretos a la par que elegantes.

Lo segundo que al parecer hace falta en una entrevista de trabajo es ser tú mismo. No se si será verdad, pero dado que yo soy un desastre andante y que aunque me lo propusiera no conseguiría camuflar mi verdadera personalidad ni a patadas, ni lo intento. En las entrevistas, por ahora y hasta que el pan de mis hijos dependa de ello, soy yo con todas las consecuencias.

Total, que el día D me levanté dos horas antes de lo estrictamente necesario, y después de un apurado afeitado y de embutirme en mi nueva indumentaria, partí hacia mi primer intento de conseguir un trabajo honrado. El viaje en el metro se me hizo corto gracias a las 10,000 frigorías a las que Metro Bilbao transporta a sus pasajeros y el mamotreto de Ken Follet que llevaba conmigo. Tras tres vueltas a la manzana a pesar de mi detallado mapa y dos llamadas a Lidia porque no podía encontrar el chiringuito, llegué a mi destino a una hora más que razonable para empezar el show, que abrió una señorita de muy buen ver, como suele pasar con los shows de prestigio. Me indicó que me sentara, y en vez de empezar a hacerme preguntas en las que le contaría mi vida y milagros, lo cual llevaría a enamorarnos perdidamente y a mí a salir de allí con trabajo y novia, va y me planta un test psicotécnico delante y me dice que tengo siete minutos y medio. Y se va, sin un beso de tornillo de despedida ni nada. Luego la tía se quejará de que es que intimida y no liga, hay que joderse.

Como no queda elegante leer novelas en las entrevistas de trabajo, por aquello de la dejadez, me puse a hacer el test para pasar los siete minutos largos. Consistía en unas series de cajita + bolita/s + triángulo/s en diferentes secuencias diabólicas cuyo final tenía que deducir o inventar, no lo tengo muy claro. Tras siete minutos y medio y una sudada de tres litros gracias a la tensión y a la falta de aire acondicionado, conseguí acabar casi todas las series, siendo mi nivel de acierto un misterio que me imagino quedará como uno de tantos en mi vida. Mi cerebro, después de cinco meses de Erasmus, había acogido el trabajo mental con agrado y estaba a mil por hora, justo a tiempo para que la rubia estupenda me recogiera la hoja y me echara una mirada de arriba abajo que no pude sino identificar como clara lujuria. Si es que estoy que rompo cuando me pongo elegante y pienso, debería hacerlo más a menudo.

Por desgracia, la mujer era tímida y en vez de tirárseme al cuello lo que me tiró fue un segundo test, este de lógica de predicados, creo que se llaman. Aunque la temperatura ambiente había subido unos diez grados con nuestra química, yo ya estaba en racha y acabé la hojita incluso antes del tiempo establecido (seis minutos). Como me sobraban dos, y la rubia había dejado el psicotécnico en la mesa, me planteé acabarlo de strangis y maravillarles a todos con mi supuesto cerebro superdotado. Luego me planteé lo que pasaría si pensasen que:

a) Soy un ser sin moral.

O peor:

b) Cuando acabo el trabajo empiezo otro de la misma, sin siquiera descansar.

¡¡¡O infinitamente peor!!!:

c) Soy un ser de inteligencia superior y conviene ponerme en todos los proyectos extremadamente difíciles e importantes de cuyo fallo dependan vidas humanas.

Como es obvio, me dediqué a arreglarme el nudo de la corbata en espera de que apareciese Ms. Blonde y me confesara sus bajos instintos.

.. (sigue)


Mañana, la segunda parte, para no agobiar

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