martes, 30 de septiembre de 2008

Hace poco me dio por pensar en la muerte. Como siempre, no he llegado a sesudas conclusiones sobre el más allá y el más acá, ni he encontrado el sentido de la vida (para eso, por cierto, ya tenéis a GonzoTBA en el link de la derecha). Pero lo que si he encontrado, también como siempre, son una serie de interrogantes que me tienen en vilo. Y es que, si analizando el antiguo testamento a uno le entraban dudas, cuando te pones a pensar en lo que dicen las grandes religiones sobre palmarla la cosa no podía ser para menos.


De verdad, que no entiendo la muerte.


Si eres musulmán, y siempre partiendo de la base de que has sido bueno, cuando te mueres tienes 72 vírgenes para ti sólo. Aquí la gente se pone burra, y empieza a suicidarse con chalecos y a hacer cosas raras, pero es porque no lo analizan bien.
72 vírgenes. Y tú. Toda la eternidad. Pero ojo, porque no se menciona nada más. Vamos, que tú te mueres, y el panorama es este: llegas a un garito lleno de tías que nunca se han acostado con nadie, y te sueltan ahí sin más ayuda.
Primer problema: no hay alcohol. Si ya es difícil ligarse a una chica en un ambiente sin alcohol, imaginaos ligarse a una chica (virgen) rodeada de amigas (vírgenes), en un garito sin alcohol. Con ese grupo puedes estar seguro de que no la van a dejar sola ni de coña, y encima seguro que les caes mal y la ponen en tu contra. Encima, con este prototipo de chavala, más vale que seas un tío sensible y comprensivo, porque esto no va a ser un aquí te pillo aquí te mato, querrá a alguien especial. Hay que enamorarse, tomarse un tiempo, etc, etc.
A mi me parece para ser un premio, es mucha presión.


De todas formas, vamos a tirar de imaginación y ponernos en el mejor de los casos, pongamos que te la ligas, la cosa sale bien… vale, has follado (hablando mal y pronto), yo no le quito mérito. Ahora tienes una chica con la que vas a estar TODA LA ETERNIDAD. Más te vale, amigo mío, que hayas elegido bien. Aquí ya no vale decir que piensas que tenéis que ver a otra gente, que quieres centrarte en tu carrera, que no es ella, que eres tú… como el tema no marche la has cagado. Y ni se te ocurra pensar en las otras 71, porque ya sabes cómo son las cosas. Y es que, hayas triunfado o no, todos sabemos que el resto ya no te van a dirigir la palabra ni aunque seas Brad Pitt untado en chocolate.
En resumen, las alternativas son: si tienes suerte, ligar con una virgen y que 71 te odien antes o después; o que encima la susodicha no te haga caso y pasar la eternidad más salido que una plancha con 72 tías que no te van a hacer ni caso.
Lo que me acojona de verdad es pensar cómo será el infierno de estos tíos. Con razón no se lo han contado a nadie.


Por cierto, de las chicas no se sabe nada de lo que pasa con las que no son vírgenes. Si lo eres, te toca pasarte la eternidad con 71 amigas volviendo loco a un pobre desgraciado, que al menos tenemos ya bastante asumido que os gusta casi tanto como el sexo. Si no, supongo que vais al infierno directamente. Chungo también para vosotras.


Si esto es malo, el cielo de los cristianos no tiene mucha mejor pinta. Es un sitio enorme, lleno de gente con túnica revoloteando de un lado a otro, y un ojo enorme allá por lo alto que lo ve todo. Vamos, es como si coges Mordor y lo juntas con un anuncio de compresas. El rollo es que no hay nada más. Pero nada. Cero. Estoy seguro, de que por no haber, no hay ni wifi. Toda la eternidad corriendo de un lado para otro, en una campa llena de algodones gigantes, y con un pijama de hospital no me parece a mi el paraíso, que digamos. Lo único bueno es que, teniendo en cuenta la estética de hospital, igual reparten drogas duras y se pueda pasar la eternidad un poco colocado, porque si no menudo coñazo. Yo no es por criticar, pero para mi no se lo han currado nada.


El infierno ya está más documentado, lo cual no entiendo muy bien porque se supone que si entras no sales. Al parecer, es un sitio donde te meten en un caldero con otro montón de gente, y te dejan ahí cociendo a fuego lento. Yo a eso lo llamo jacuzzi. Claro, ahora saldrá alguien diciendo que es que está muy caliente, y te quemas. Y digo yo, ¿y? ¿Qué te va a pasar, que te mueras? Eso es como cuando llegas a casa después de comerte una granizada saliendo de Deusto sin paraguas porque algún hijoputa se lo ha llevado (le pasó a un amigo de un amigo, ejem), y te metes en la ducha con el agua a 50 grados. Al principio te escaldas, pero luego cuando te acostumbras es un vicio. Yo me quedo con el infierno, no hay punto de comparación.


Para terminar con las grandes religiones, nos queda el budismo. El budismo, si no me enteré mal en su día, se salta estos rollos de mundos alternativos y tira de reencarnación, que es más barato. Al parecer, el hombre es el último escalón, al que llegas si has sido un tío decente en tus seis estados anteriores, que van desde ameba a seres como perro, gato, delfín… cosas así.
Yo esto tampoco lo entiendo. ¿Qué puedes hacer mal siendo ameba para no ascender?¿De verdad alguien se queda atrancado digamos, en el escalón de gusano de tierra? ¿Por qué no los suprimen? No tiene ningún sentido. Me imagino pasarte unos días como ameba (no soy ningún experto, pero creo que esos bichos no viven mucho tiempo) para luego espicharla y que un jurado rollo operación triunfo te diga: bueno… te ha faltado un poco de fagocitosis y podías haberte hecho hermafrodita, que está de moda, pero no está mal. Ha pasado a la siguiente fase de nuestro concurso “Sea uno con el universo”. Ahora, a hacer de berberecho.
Además, ¿quien coño quiere pasar del sexto escalón? Si te sale perro o gato, te vas a tirar el día haciendo el vago, con tres comidas al día, y ahora hasta con psicólogo por si te estresas. Si te toca delfín, a vivir en el caribe. Y ya no hablemos de animales en peligro, como por ejemplo el lince, que te dejan en una reserva natural con alguien para que ligues, y encima te vigilan por si te pasa algo o eres muy torpe y no sabes ni cazar.


Y todo esto, que no se os olvide, tiene como meta hacerse uno con el universo. Que es un ambiguo, como poco. ¿Qué es hacerse uno con el universo? ¿Se tiene conciencia? La gente no se pone mucho de acuerdo, pero a mi no me parece ninguna bicoca. Al parecer es como ser dios, que estás en todas partes y lo sabes todo, pero sin poder meter mano. En principio mola, pero no. Nada tiene emoción porque ya sabes como acaba, así que no puedes ni ver una peli, ni el partido de tu equipo, ni siquiera hacer cábalas sobre si la crisis mandará el chiringuito este que tenemos montado al carajo o no. Yo me lo imagino un poco como cuando veíamos “El príncipe de Bel-Air” o “Cosas de casa”, que al principio molaba por la cosa de la novedad, pero a ver quien se pasa la eternidad así.


En fin pequeños padawans, que mucho ojito con morirse, que creas lo que creas es una putada. Y si no crees en nada… irás al infierno. Por ateo.


Arrivedercci!

jueves, 25 de septiembre de 2008

La ropa "decente"

Como párrafo de introducción, léase el margen del blog (eso no, eso es el contador de visitas, cazurro. Debajo!!)


De verdad que no entiendo...


LA ROPA "DECENTE"


Tras 24 años de instrucción, al fin lo he conseguido. Mi período de aprendizaje, primero en Askartzatraz y más tarde en Deustwitz, ha terminado. Se acerca el momento de entrar en combate real pero, como siempre, la cosa no es tan emocionante como la pintan. Mientras que en los duros campos de trabajo donde me entrenaron se primaba la comodidad y el arte del escaqueo, el alto mando casero, después de revisar mis escasas pertenencias, ha llegado a la conclusión de que necesito un equipo de combate más acorde con mi nuevo status. Misión numbergüan como ingeniero: adquirir ropa “decente”. Si James Bond va siempre de etiqueta, yo no voy a ser menos.

El primer paso para llevar a cabo con éxito una misión es elegir un equipo que supla las carencias del líder. Dado que servidor aún confunde pana con punto y combina con impunidad azul marino con negro, se hacía completamente necesario un miembro femenino en el escuadrón, capaz de asesorarme en las decisiones estéticas. Por suerte, para las misiones de despilfarro de recursos monetarios en grandes superficies cuento con un soldado de inestimable valor que recluté de inmediato: mi hermana.

Los parámetros de la misión estaban claros: un par de camisas o polos, un par de pantalones, y unos zapatos, todo decente. Como checkpoint adicional incluimos una chaqueta o sucedáneo para tener el pack completo.

Tras plantarnos en el campo de batalla (la tienda), y siguiendo las enseñanzas de mis años de instrucción, elegimos cuidadosamente nuestro primer objetivo: pantalones, mismamente.

Aunque vosotros, pobres cadetes inexpertos, nunca os hayáis visto en misiones tan peligrosas como esta, debéis saber que el mundo de los pantalones decentes está plagado de peligros. Mientras que unos pantalones normales deben ser capaces de contenerte y mantenerse a una altura superior a las rodillas, sus equivalentes decentes deben cumplir multitud de características. Por una parte, el tejido es primordial. No queremos que durante las misiones se nos llenen de bolas mientras degollamos coreanos o hacemos una clase en Java, porque podríamos ser el hazmerreír del comando. Además, los pantalones “D” deben caer exactamente a una altura determinada sólo medible con un zapato de campaña reglamentario, a diferencia de los pantalones normales que pueden ser nivelados al milímetro por el tradicional método de fricción con el campo de batalla. Por último, los pantalones “D” tiene partes exóticas que sólo expertos en la materia son capaces de identificar. Por lo que se ve, y dado que soy un soldado con poca cintura (pero un culo de vicio, que conste), lo más indicado para mí son unos pantalones con pinzas que, tras ardua búsqueda por el perímetro, no encontramos porque no están de moda. Hubo que conformarse, pero al menos el dependiente tuvo la amabilidad de llenarlos de alfileres. No es lo mismo, pero seguro que les encontraré utilidad a la hora de sonsacar información al enemigo.

Con dos pantalones entre nuestras posesiones, pasamos al punto dos de la misión. Por desgracia, dado que tengo el resto del cuerpo a juego con mi cintura, encontrar una camisa que me sentara bien no iba a ser tarea fácil. A pesar de que la moda masculina ahora desprecia a todos aquellos que pueden atravesar puertas sin problemas, encontré en un montón de desechos una camisa “Slim Fit” perfecta para misiones de infiltración. En contra de lo que se pueda pensar por dónde la encontré, el enemigo me la cobró como si fuera un chaleco kevlar reforzado de Emilio Tucci. El mundo es más peligroso de lo que me enseñaron en las maniobras de instrucción.

Al final, la misión acabó fallando por el tema de los zapatos, que quedó en empate técnico al no ponernos de acuerdo los miembros del comando en el grado de “decencia” necesario en las nuevas misiones que se avecinan. El checkpoint adicional de la chaqueta fue descartado ipso facto por hastío general del equipo asesor, en el que se detectaron indicios de insubordinación como “mira que eres rarito”, “contigo es imposible ir de compras” o “hay que joderse, dos horas para dos pantalones y una camisa”. Planeo tener en cuenta dicha falta de profesionalidad a la hora de reclutar personal para futuras misiones.

lunes, 15 de septiembre de 2008

La gran cagada

Antes de nada, Overzees tocan el 3 de Octubre en el Pub Blue Note en Megapark. Mi particular contribución a que se llene, y el debut con nuevo cantante sea el éxito que merecen. Quien viva por aquí que se acerque, garantizo que merece la pena.

Últimamente he tenido tiempo para pensar en las grandes cagadas de mi vida, y me he encontrado con una recopilación variada y variopinta como pocas. Analizarlas todas llevaría tiempo, y a la mayoría no les encuentro la gracia, pero hay una en concreto que ahora recuerdo con una sonrisa. Supongo que será porque desde esa ha pasado mucho el tiempo, y dicen que todo lo cura.
Remontémonos atrás, a mis once tiernos años…


Historias de infancia, Volumen I.
Mi cagada en Inglaterra.


Corrían los años noventa cuando mis padres decidieron mandarme un mesecito de verano a Inglaterra para perfeccionar mi inglés. Desde pequeño había estado asistiendo a una academia con más o menos éxito, y al parecer había llegado el momento de comprobar si el dinero había sido bien invertido. Como mis padres son de los que tiran al niño al agua para que aprenda a nadar, llegaron a la conclusión de que un mes abandonado en la tierra de los hooligans estimularía mi joven cerebro para que asimilara los secretos de la lengua de Shakespeare.
Puede que os parezca cruel, pero yo aun doy gracias que no decidieran enseñarme a volar, por ejemplo.

Total, que de un día para otro me encontré con una maleta casi tan grande como yo en la casa de una familia desconocida dispuesta a acogerme un mes. Como os podéis imaginar, aquello resultaba un poco estresante. Por desgracia, al igual que mucha gente, yo tengo mi propia manera de expresar mis nervios. Unos sudan, otros se ponen hiperactivos, otros rojos… son reacciones ante el miedo provenientes de nuestros antepasados, que necesitaban aumentar su ritmo cardíaco, adrenalina, etc, ante amenazas tale como que un león te confundiera con un antílope.

Yo me cago.

Suena un poco fuerte, pero es así. No tengo una explicación racional para ello, ya que no imagino la ventaja que pudo dar a mis antepasados semejante talento ante una situación de peligro, pero así esta el tema. Empiezan los retortijones, y mis intestinos pasan del programa suave al de centrifugado agitado. Uno procura mantener el tipo, pero ciertas reacciones son difíciles de disimular, así que si la situación es jodida de verdad tarde o temprano debo buscar un baño. Y aquella, al menos para un tierno infante de once años, era el súmmum de las situaciones jodidas.

Total, que dejé la maleta donde me indicaron, pregunté amablemente por el señor Roca (uerisdetoilet, plis) y fui a dar rienda suelta a mis más bajos instintos.
Dado que el nerviosismo llevaba gestándose unos días, a toro pasado puedo afirmar ahora que las consecuencias estaban gestándose también desde hacía tiempo. Sólo así se explica que de un enano de 35 kilos que pesaría yo entonces saliera semejante torpedo. Si llega a haber un submarino alemán en el vater, os juro que lo hundo.

Como los niños son curiosos por naturaleza y no todos los días pare uno su propio peso en abono, recuerdo haber echado una ojeada antes de dar a la bomba, y puede que sea mi imaginación desaforada, pero creo que lo que vi estiró los brazos y me llamó papá antes de que lo ahogara el agua del retrete. Y digo ahogara porque aquí empezó el show. Aquello tenía más posibilidades de salir andando y saludando que por aquel agujero diminuto. Yo lo miraba con una mezcla de terror y orgullo. Siempre había querido tener superpoderes, y mira por donde, tenía un superintestino. Ríete tú de la kriptonita, con aquello podía tumbar a Superman de un golpe.
Por desgracia, tuve que afrontar la triste realidad. Nadie iba a darme una palmadita en la espalda por semejante proeza, y aun quedaba lejos el día en que pudiera hacer una pasta vendiéndolo por ebay, así que empecé a meditar cómo librarme de aquello. Lo único que se me ocurrió fue desafiarlo en duelo con la escobilla del vater, pero la verdad es que no estaba seguro de salir victorioso. No quedaba pues más que pedir consejo adulto, que es lo que hacen los niños ante circunstancias imprevistas y catastróficas.

Atascar el vater de una familia a la que acabas de conocer es algo al alcance de muy pocos. Explicárselo en un idioma que no es el tuyo sin que se te caiga la cara de vergüenza no tiene precio. Recuerdo mi cara de circunstancias mientras intentaba encontrar la palabra adecuada para el evento (las academias no lo enseñan todo, amigos), en tanto la pobre mujer me escuchaba con una sonrisa y me aseguraba que no pasaba nada, hasta que entendió el problema. Entonces, la diplomacia inglesa entró en acción. Sin decir una palabra, se calzó unos guantes de plástico, entró en el baño, y salió (de lado) con mi producto interior bruto en la mano, ante toda la familia. Si mi memoria no me falla, se oyó un “Oooooh” generalizado, y la señora llamó a un equipo del gobierno especializado en eliminación de residuos radioactivos para que se hicieran cargo del problema.

Nunca más volvió a hablarse de aquello.

Pero mi frágil mente, por supuesto, no olvidó el episodio, y me torturaba de vez en cuando. Por suerte, al de unos pocos días, la hija pequeña de la familia (nueve años) decidió ponerse a hacer de vientre en medio de un partido de cricket en el parque. Después de aquello, nunca más volví a preocuparme.

Un mes más tarde, abandoné aquella casa para no volver nunca. Había espabilado, aprendido el idioma, y dejado mi particular huella en el país. ¿Qué más se puede pedir?