miércoles, 26 de noviembre de 2008

Una batalla épica.

A lo largo de los tiempos ha habido grandes duelos. Desde la antigüedad, en que Hector y Aquiles se zurraban ante las puertas de Troya, a la segunda guerra mundial, cuando Vassili Zaitsev y König se pasaron tres días buscándose las cosquillas por Stalingrado, la Historia está plagada de ejemplos. Pero sin duda nunca hubo una lucha más épica como la que se dio hace unos quince años, durante mi más tierna infancia. En ese momento se enfrentaron dos titanes, y la humanidad tuvo que elegir.

¿Tú eras de GameGear, o de GameBoy?


Todos conocemos a la GameBoy, o argeimboi, como la llamaba mi abuela. Y es que la historia la escriben los vencedores. La GameBoy era un ladrillo blanco, más apta para la defensa personal que como herramienta de ocio electrónico. Tenía una pantalla amarilla que parecía recortada de un Telesketch viejo, por la que pasaron las piezas del Tetris, Mario, Megamán, pokemons… y un sinfín de personajillos más que nos alegraron la infancia a los frikichuelos que, como yo, no sabían dar una patada en condiciones a un balón. El resto del invento lo completaban dos botones bien gordos, llamados A y B en un alarde de originalidad, el start, al que todos llamábamos “pause”, y el select, que nadie usaba. Y eso era la GameBoy, ni más ni menos. Decir que era una consola portátil era ser un poco optimista, porque para sacarla de casa hacía falta tener imaginación. Había gente que se la llevaba en una mochila con todos los juegos, la lupa con luz, el maletín, y hasta pilas de recambio, que parecían sherpas iniciando una escalada al Everest. Luego estaban los minimalistas, que se la embutían en un bolsillo completamente dado de si, y que con lo que pesaba acabaron poniendo de moda lo de llevar los pantalones enseñando la raja del culo. Hasta vi una vez a un chaval que la llevaba en una macroriñonera con tres o cuatro juegos: parecía que se había comido un gato y lo estaba digiriendo, como las boas.

Por otra parte, la GameGear era la niña pija de las consolas a pilas. Para empezar, tenía una pantalla que le daba mil vueltas a su prima pobre. Era en color y retroiluminada, con lo que podías jugar con la luz apagada, detalle clave para ludar en la cama cuando los padres decidían que tocaba dormir (no como ahora, que son los nenes los que mandan a sus padres a la cama) Además, la cruceta tenía un diseño más elegante, de ocho direcciones, que evitaban unas callosidades en el dedo pulgar que los nintenderos desarrollaron intentando hacer cosas como izquierda, diagonal-izquierda-bajo, abajo, diagonal-derecha-abajo, derecha; maniobra conocida como la medialuna, o el haiuken.
Por lo demás, poco puedo decir de la GameGear, salvo que tenía sus correspondientes dos botones gordos, que en este caso se llamaban 1 y 2 (ojito a la inventiva de la época), y un start (que era “pause” también). Del select pasaron porque se dieron cuenta de que no servía para nada.

Y hasta aquí la retrospectiva. Estos dos aparatitos enfrentaron a mi generación en una lucha sin cuartel durante años, en los que la gente repudiaba familia y amigos defendiendo una filosofía de vida. ¿Pero cómo se llevó la GameBoy el gato al agua? Grandes estrategas han dado su opinión sobre esta cruenta batalla. Unos dicen que fue por los juegos, mucho más adictivos que los de GameGear (no hay más que comparar el Tetris con aquella mariconada de las gemas). Otros dicen que fue porque Mario molaba más que Sonic, aunque yo no veo como un erizo azul con pinta de motero puede caer ante un fontanero barrigón, drogata y salido. Sin embargo, yo recuerdo nuestro duelo local. Se dio en mi barrio, en una tarde lluviosa que vive en mi memoria como si fuera ayer. Teníamos unos siete años, un amigo tenía la GameBoy, y otro la GameGear.

Una de las dos debía morir.

Las consolas salieron de sus fundas. Se mascaba la tensión, y las miradas eran puro odio. Al principio, los huérfanos de ocio electrónico nos apiñamos alrededor de la superior pantalla de Sega, dejándonos seducir por sus cantos de sirena. Todo fue bien, hasta que tras un rato, vimos como el piloto rojo de las pilas de la GameGear pasaba del rojo al rojo pálido, y del rojo pálido al inexistente en apenas cinco segundos. Cinco segundos de agonía de mi amigo de Sega. Cinco segundos en que, lo admito, nos vendimos vilmente, e hicimos la promesa telepática de pedir la GameBoy por navidades.
La GameBoy aguantó hasta la noche, y hasta el día siguiente. Como los buenos soldados.

Larga vida a la GameBoy.

Y ahora, por cierto, el chupitest de Lamu. No soy muy amigo de estas cosas, pero oye, si me nominan, me nominan.
1. Hacer constar las reglas. Aquí están, tampoco es que sea el protocolo de seguridad de una central nuclear.
2. Enlazar a la persona que me lo ha enviado. Soy un crack linkando, ¿que no?
3. Enumerar seis cosas sin importancia que nos hagan felices.
4. Elegir 4 chiquitines que sigan el test. De esto paso, que mi lista de blogueros conocidos es limitada y no quiero limitarla aun más. :P

Seis pequeñas cosas sin importancia que me hacen feliz:

- Encontrar un libro que me llame poderosamente la atención, de esos que sabes que te van a gustar antes de leerlos. Los disfruto desde la primera página (y eso que suele estar en blanco).
- Que den algo que me encanta por la tele. Así puedo ejercer mi escaso derecho de mando, y obligar a mi familia a ver un programa decente, para variar (uy como me lean…).
- Que un pequeño detalle que tenga con alguien genere cantidades absurdas y desproporcionadas de felicidad. Pasa, sí, y mola. ¡Es como comprar en rebajas!
- Salir de entrenar con la sensación de que he aprendido algo. Haberle endiñado ese algo a alguien con devastadoras consecuencias, en duelo singular.
- Que después de un videojuego increíblemente largo que he exprimido a tope, el jefe final sea lo más difícil del mismo, y no una cagarruta que puedo fulminar con mi megaEspadaDeLaMuerteUltraSecreta conseguida gracias a mis largas horas de vicio.
- Un colacao, o sucedáneo.

martes, 18 de noviembre de 2008

Dog Soldiers

Tengo un top tres de las peores pelis que he visto (o me he dormido, que viene a ser lo mismo). La verdad es que me he tragado tantas pelis malas que podría hacer un top ten y aun así muchas quedarían fuera, pero hay tres que recordaré ahora y siempre como hitos en la historia del cine. Si el día que vi Memento (dos veces) flipé, y cuando salí de Matrix quería aprender kung fu -cosa que he conseguido, por cierto-, al salir de ver estas me daban ganas de hacerme asesino a sueldo, con dedicación exclusiva a directores y guionistas.

De mi top tres particular, sin duda Dog Soldiers se lleva el número uno de calle. Vi esta película alquilada del videoclub en casa de unos amigos, y ha sido la única vez que he caído frito en circunstancias similares, que yo recuerde. El engendro, como podéis imaginar, era de hombres lobo, casquería y sustos en general. Dado que han pasado unos años, puede que mi fecunda imaginación haya añadido detalles al asunto, pero he aquí un resumen de lo que recuerdo.



DOG SOLDIERS, o la peor película del mundo.


Dog Soldiers comienza en un oscuro bosque, donde unos aguerridos marines hacen juegos de guerra de esos que hacen los yankis cuando se aburren. Los marines se lo pasan pipa: cantan, bailan, asan salchichas en una fogata y echan unas risas en general. Lo malo es que tanto barullo llama la atención de los hombres lobo, que deciden gastarles una broma, ya que una cosa es ser malo y otra muy distinta no tener sentido del humor. Total, que entre todos pillan una vaca, le arrancan la piel (sentido de humor licántropo, entendedlo) se acercan sigilosamente con ella en brazos, y la lanzan en medio de la fiesta. Los marines, que son capaces de matar de cien formas distintas pero no de detectar a media docena de hombres lobo descojonándose de la risa con una vaca en brazos, no se pispan de nada hasta que el regalo les cae en medio de la jarana. Aunque rudos y aguerridos, pillados por sorpresa gritan como nenas, y no recuerdo muy bien si echan a correr ya o se abrazan unos a otros y las carreras vienen luego. Para el caso, viene a ser lo mismo.


Si pensáis que la peli decae, os equivocáis de medio a medio, queridos lectores. Después de semejante comienzo, empieza lo bueno de verdad. Confusas escenas por el bosque, tiros, sangre, vísceras, más tiros, y al fin un grupo de valientes (o los más cobardes, no sé) que llegan a una casa en medio del bosque, donde aguarda una amable señora. Qué hace una amable señora viviendo en mitad de un bosque infestado de licántropos no parece plantear ningún problema a los marines, pero ya se sabe que para entrar en el ejército sólo hacen falta dos brazos donde hacerse tatuajes. El cerebro es opcional.


Total, que Tony, Johnny y compañía llegan a la casa y tratan de cerrar la puerta, pero un hombre lobo malo anda más listo y cuela la zarpa, abriendo a Johnny en canal. El resto del pelotón, con gran esfuerzo, cierra una puerta con pinta de romperse con solo mirarla y echa… el pestillo. Sí, el pestillo. Lo que no ha podido hacer un comando de marines bien entrenados lo suple un pestillo digno de cualquier bareto de mala muerte. Los marines, que ya se ven salvados, como el Athletic después de ganar a Osasuna, deciden que con eso va que chuta y se dedican a mirar como Johnny se sujeta los intestinos. O también podrían ser las salchichas de la cena, en este momento de tensión se plantean ciertas dudas sobre como creen los yankis que funciona el cuerpo humano por dentro.


La cosa pinta mal, ya que aunque los hombres lobo campan por ahí y la casa da más pena que la de los tres cerditos, Johnny se muere y eso no puede ser porque el chaval es guapo a rabiar. Por suerte el comandante, que es un tío leído y con clase, saca el superglue y le mete las tripas “padentro” otra vez. Alehop. Sabiendo que sus hombres son unos ignorantes y están flipando, explica como el superglue fue originariamente inventado para pegar tripas y luego la gente que no tiene ni idea pues lo empezó a usar para pegar el asa de la taza del café y cosas así. Todos los días se aprende algo nuevo.

Mientras tanto, la señora de la casa saca unas sopas de sobre y unos torreznos y se dedican a cenar, que correr por el bosque es duro y más si te han dejado a medias la barbacoa.


Ya con todo calmado y la tripa llena, llega el momento de organizarse, y Tonny empieza a dar órdenes a sus hombres para que vigilen las entradas, algo así como “Marc, échale un ojo al ventanuco del vater a ver si se va a colar un Toby de esos por ahí. Y tu Johnny, ya vale de quejarse que eso me lo hice ayer al afeitarme el pecho, vigila el ventanal del comedor que vaya usté a saber. Y rápido, redios, que me buscáis la ruina. Panda inútiles”. La pena es que los hombres lobo, que no son tontos, andan pegando la oreja y caen en que es verdad, que el ventanal del comedor parece la pasarela Cibeles, así que entran en tromba provocando nuevos e hilarantes momentos con casquería y balas a tutiplén.

Por desgracia, aquí un servidor se durmió.


Al final recuerdo vagamente como la señora de la casa se descubre como la mujer-loba jefa (explicando así el hecho de que viviera ahí sola, lo que cuadra el guión y deja a los marines como idiotas). También les ha envenenado la sopita, pero el caso es que a pesar de sus evidentes dificultades para mantenerse consciente, Tonny toma las riendas del asunto, abre la llave del gas y lía una verbena de padre y muy señor mío. O algo por el estilo. El caso es que todos y cada uno de las decenas de hombres lobo estaban en el salón y mueren (era el último capítulo de “Sin tetas no hay paraíso”, y hay cosas que ni los monstruos perdonan), mientras que Tonny y sus hombres salen de la casa jodidos pero contentos, jurando que la próxima vez que les manden de juegos de guerra se van a quejar al general. Los últimos segundos la cámara se va difuminando mientras Johnny, ya recuperado, masculla: “Vaya pinta que llevamos mi sargento, todos sucios y con los uniformes hechos unos zorros. Asquito de maniobras”.



Otro día, el número dos: “Devuélveme mi suerte”.


Edito: rememorando viejos momentos, descubro en Internet que los soldados eran británicos y los bosques escoceses. Para el caso, patata.


PD: Lamu, no te olvido, pero tenía la entrada preparada. En breve, las preguntitas dichosas, aipromiss.

martes, 11 de noviembre de 2008

La chica del asiento de atrás

Con todos vosotros, y para borrar la fama que he cogido como inculto musical, mi primera aportación a este fantástico mundo. Como poeta y compositor deberían flagelarme, pero a ciertos sentimientos no se les puede poner barreras, así que no seáis muy duros que es mi primer intento (y esperemos que último)
Con todos ustedes, compuesta en un laaargo viaje de cinco horas en autobús…
Un, dos, un dos tres…

La chica del asiento de detrás


La chica apuntaba maneras, desde el andén
su novio la escuchaba, no se muy bien por qué
yo ya me imaginaba la que me había caído
cuando aquella petarda se sentó detrás mío.

Antes de salir el bus, ya tenía en la mano
Un móvil con luces, y carga de repuesto
Juro ante dios, que no habíamos arrancado
Y yo ya intentaba colgarme del asiento.

Mira que lo he intentado,
Mira que he cavilado,
Pero tras dos horas de viaje,
Por más que lo calculo
No sé cómo meterle el móvil por el culo.
No sé cómo meterle el móvil por el culo…

Al fin os quedasteis
Sin nada que decir
No se cómo expresarlo
Nunca he sido tan feliz.
Qué es eso que escondes
Ah, sólo es un reproductor
¿Pero cómo lo oigo desde aquí
Y por qué suena a reguetón?

Mira que lo he intentado,
Mira que he cavilado,
Pero tras tres horas de viaje,
No encuentro la manera
De ponerte el ipod por enema.
De ponerte el ipod por enema…