lunes, 29 de junio de 2009

Visita al médico

Me he pasado toda la semana intentando mear en un tarro.

Puede que penséis que es fácil, pero no podía ser una meadilla cualquiera. Tenía que ser en ayunas, desechando el principio y el final, y a ser posible acertando en el recipiente. Dado lo primero sólo pasa a primera hora de la mañana, y que en esos momentos mi cerebro no está como para hacer ejercicios de puntería o autocontrol, me he pasado toda la semana viendo acercarse el día M sin poder cumplir..
¿Y por qué tenías que hacer semejante cosa, os preguntaréis los que no estuvierais bebiendo zumo de manzana y hayáis dejado de leer? Pues porque hoy, a las ocho de la mañana y en un lugar apartado de toda civilización, tenía un examen médico a cuenta de mi querida empresa. Lo del análisis de orina no tengo muy claro si es para controlar si voy dopado o drogado al trabajo, pero está claro que algo raro sospechan. Cuando se enteren de que es todo natural, veréis la que se monta.

El caso es que me encantan las revisiones médicas. Para empezar, aunque he tenido que madrugar más de lo deseable, y de tenerme media hora esperando (un médico no es médico si no te hace esperar, igual que un camionero no es camionero si no se rasca la entrepierna al escupir), me han sacado sangre. El proceso en sí no tiene mucho misterio, pero me encanta cuando te ponen el algodoncito, y te dicen: sujétalo ahí apretando durante cinco minutos. Ver a la gente saliendo de la sala de extracción apretándolo como si fuese el muñón de un brazo recién arrancado no tiene precio. Entre eso, que van en ayunas y que hay gente que se marea, parece que se van a desangrar. Casi puedes ver sus pensamientos si te esfuerzas… oh dios, ¿cuánto ha pasado? … ¿Podré soltarlo ya? ¿Y si lo suelto y la sangre sale disparada como una fuente, y me desangro? Mejor no arriesgarse… y se pasan apretándose el brazo toda la mañana.

Pero es después de desayunar cuando empieza el meollo de verdad: las pruebas. Las pruebas son geniales, son como unas pequeñas olimpiadas en las que el jurado es el médico y tú estás decidido a impresionarle. Da igual que seas funcionario y no hayas dado un palo al agua en tu vida, todo el mundo se esfuerza al máximo, y la verdad es que suele decepcionar cuando el médico no te felicita por el esfuerzo. Yo creo que debería dar los resultados un jurado con carteles numerados del uno al diez, como en los saltos de trampolín. Análisis de sangre: 08,09,06. Prueba de esfuerzo: 09, 09, ¡10! La cosa tendría mucha más emoción.

Total, que la primera es la de audición. Te pones en tensión, como un perro de caza, lo único que te falta es mover las orejas. El médico te dice que cuando oigas un zumbido le avises, y te emparanoyas. ¿Ese zumbido es EL zumbido? ¿O es un ruido residual de la máquina? Creo que se me está agolpando la sangre en la oreja con estos cascos…¡¡Mierda, el zumbido!! La primera y ya la has cagado, dan ganas de pedir que lo repitan, pero no hay tiempo porque empiezan a llegar todos seguidos y le coges el tranquillo. No se desperdicia ni una milésima de segundo, tu mente y sistema auditivo son uno. Y es que en esta prueba, todo lo que no sea que el doctor te diga que tienes un oído sobrehumano a mi personalmente me parece un fracaso.

Luego vienen las de visión. Creo que en estas pruebas nadie, nunca, admite sinceramente la línea que ve. Si ves la quinta bien y algo de la sexta, dices la sexta, y si ves bien la sexta dices la séptima. Y luego te dejas los ojos leyéndola, da igual, o se fuerza la imaginación hasta límites insospechados. ¿Eso de ahí es una B? ¿Una R? Y te la juegas. Voy a decir la R, a ver si acierto… o tiras del comodín del cincuenta por ciento: eso de ahí podría ser una B o una H, eso otro una O o una G… no sé a quien pretendemos engañar con los ojos como chinos y pensándonos cada letra diez segundos, la verdad. Y lo peor es que el médico ni afirma ni desmiente, así que te quedas con la duda de si lo habrás dicho bien o se ha dado cuenta de que le has intentado estafar.

Pero realmente mi parte favorita de estos análisis son las pruebas de campo, cara a cara con el médico. Y es que la conversación siempre me parece sospechosamente parecida a la que tendría lugar si te estuviera tirando los trastos, así que mi cerebro se monta otra paralela por su cuenta. Que si cómo te encuentras (bien gracias, ¿y tú?), que si haces deporte regularmente (ai cordera, no eres lista tú ni na), si fumas o bebes (bueno, yo un vodka limón. ¿Tú qué quieres?). Y luego empieza ya la parte dura: desnúdate y túmbate ahí.
No sé vosotros, pero yo siempre pienso que la cosa está yendo demasiado rápida para mi gusto.

A partir de aquí depende de lo animado que esté el médico y sus ganas de mambo. Reconozco que en mi caso tuve suerte y me llevé el pack completo. Ahora boca arriba, levanta la pierna, sientate, quiero oír como te late el corazón, respira fuerte, más rápido… la peli porno al completo. Y para acabar, aprovechando la confusión y que estábamos en faena, cuando me quise dar cuenta me había untado una crema muy rara y estaba poniéndome electrodos. Iba a decirle que yo no hago esas cosas en la primera revisión, pero a esas alturas lo que me extrañaba era no estar todavía amordazado ni esposado a la camilla, así que me dejé hacer.

Y poco más me queda que contar de la experiencia. Cuando por fin me vestí y salí de allí, había echado casi cuatro horas de la mañana, que teniendo en cuenta que era en horario de curro y me pagan, no es mal negocio. Sobre todo, porque podía haber sido peor.
Al fin y al cabo, nunca sabes detrás de qué esquina te espera tu primer tacto rectal…


PD: esta entrada la escribí el viernes por la tarde, como podéis observar. Después de leerla 500 veces, cambiar 500 cosas y que siguiese sin gustarme, la dejé en el cajón de los fracasos. Hoy, no sé por qué, la considero aceptable, así que aquí queda. Si la primera impresión fue la buena, no os ensañéis demasiado :P

miércoles, 17 de junio de 2009

Guía práctica del cercanías de Madrid

Ahora todo tiene sentido.

Inocente de mí. Seis meses blasfemando y resulta que no, que el tonto era yo. Que pensaba que el cercanías de Madrid estaba diseñado para que la gente en vez de montarse en el tren, se tirase a las vías. Y va a ser que todo era un problema de concepto y de perspectiva. Menos mal que tengo el blog para subsanar públicamente mi injusticia con este medio de transporte. Hoy, una guía para usar el cercanías de Madrid, aunque como se verá a continuación, tampoco es que haga falta.
Atentos, que la cosa es fácil.

El cercanías tiene ocho líneas diferentes, perfectamente identificadas por un código alfanumérico y colores. Dichas líneas son la C-2, C-3, C-4, C-5, C-7, C-8, C-9 y C-10. Si eres un tío simple como yo, puede que te preguntes a qué viene ponerle la C delante a todas, que no hace más que despistar y hacerte pensar que hay líneas que NO empiezan por C. Como ya digo, eres un tío simple. La comunidad de madrid, previsoramente, les ha añadido una letra para cuando se les acaben los números, que como nadie los ha contado todos, no sabemos hasta donde llegan. También es posible que te preguntes dónde están la C-1 y la C-6. No pasa nada, aquí estoy yo para aclarártelo: te haces demasiadas preguntas. Vive la vida y no te comas el tarro, que para eso elegimos a los políticos.
El caso es que, como decía, hay ocho líneas, cada una con su color. O casi, porque la dos y la ocho comparten el suyo, se ve que no quedaban más. Cada línea, en contra de lo que cabría esperar, no tiene un principio y un final, sino que puede tener un principio y dos finales, o dos principios y un final, depende de la dirección, la marea en Cádiz y la fase de la luna. Esto también mosquea un poco al principio, porque lo mismo acabas en El escorial que en Cercedilla y te obligan a pagar un billete extra por cambio de zona, pero te acabas haciendo a la idea. También es importante saber que más de la mitad de las líneas comparten un tramo de cuatro paradas y que todas (menos la 9, perdón, C-9) pasan por Atocha, así que puedes ir en la línea equivocada y no darte cuenta hasta que te estén llevando a Guadalajara. Esto parece un handicap, pero es que si no la gente en el tren se amodorra, se pasa su parada y no llega al curro. Así está mucho mejor, porque del acojono que llevas encima sabes siempre en qué parada estás y nunca te la saltas (aunque la siguiente no esté tan clara). De hecho, yo he visto gente en el tren con los ojos como platos a las 8 de la mañana, tensos y con las orejas en punta como los perros de caza, atentos al altavoz que dice la siguiente parada o al letrerito informativo del vagón. Tanto el altavoz como el letrero funcionan por el mismo sistema que los destinos/salidas de los trenes, léase: fases de la luna, mareas y dirección (del viento, no del tren). Gallardón y sus predecesores pensaron en todo, como se nota que el que vale, vale.

Pero esto es una vez que estás montado en el tren. Puede que pienses que con saberte las líneas vale, ya que cada andén tiene su línea y está perfectamente señalizado.
Vamos a ver, animalico, ¿no te has enterado de que Madrid aspira a ser sede de los Juegos Olímpicos? ¿Dónde está el espíritu olímpico, la dificultad y el afán de superación del ciudadano si cuenta con andenes señalizados? Las estaciones numeran los andenes de 1 a N, donde N es un número aleatorio mayor que el doble de las líneas que pasan por dicha estación, y sin que haya ninguna correlación con dicho número y el número de linea (perdón, código alfanumérico) que pasa por allí. De hecho, por cada anden pasan de 1 a M trenes, no necesariamente relacionados, y siendo posible (y común) que el mismo tren pase por distintos andenes. Para relacionar andenes con líneas hay carteles indicativos en lugares aleatorios dependiendo de la estación: fuera, en las validadoras, a la entrada de los pasillos que llevan a los andenes... lo malo es que te pases uno, te creas que lo podrás consultar más tarde, y cuando empiecen los andenes descubras que estaban fuera y que ya no hay marcha atrás. Como veis, también potencian nuestra capacidad de atención y retención. Ya queda poco.

Una vez con los andenes por los que podría (o no) venir tu tren, queda un último paso. Dado que si le faltan más de 3 minutos para llegar, los luminosos no informan (a ver para qué va a hacer falta saber todo con tanta antelación), es importante encontrar un punto de observación donde tengamos línea visual directa con todos los lugares por los que podría aparecer nuestro tren. A partir de aquí, no hay más que esperar, y cuando veamos que viene uno, identificar si es el nuestro en el segundo que se ve la dirección cuando se acerca (la llevan inscrita en un luminoso en la parte de adelante, en un alarde de generosidad) salir corriendo y adelantar, esquivar, saltar o aplastar a quien nos encontremos en nuestro camino, y montarnos.
Fácil fácil, y emocionante. ¿Qué más podrías pedirle a un transporte público?



PD: otro día hablaremos de los precios, y de los posibles problemas que se pueden tener en el transporte público madrileño, como le pasa a mi recién descubierta blogger Mariu Sama en su periplo contra el Metro, al que me gustaría aportar mi granito de arena. Esto pasa porque la gente sola está indefensa, pero si miles usuarios cabreados empezásemos a montar bulla y a hacer publicidad negativa ante estos abusos, seguro que la cosa cambiaba.

Impresionante ritmo de actualización que lleva, por cierto, y manteniendo la calidad. ¡De mayor quiero ser como ella!

martes, 9 de junio de 2009

Esto en mis tiempos no pasaba.

Asisto estupefacto a las últimas evoluciones de la factoría Disney. Uno se pregunta en estos casos qué fue primero, si el huevo o la gallina. Si es la juventud la que se ha ido al garete definitivamente y la factoría de los sueños no hace sino adaptarse a ello, o si es la propia Disney la que tiene un oscuro plan, orquestado desde una nevera, para llevar a su público a la destrucción por una autopista de cuatro carriles. A mi no me miréis, por cierto, que yo soy un santo varón y según Espe dejé de ser joven a los veintiuno.

El caso es que cuando yo era pequeño la Disney era famosa por su película anual con mensaje. La fórmula del éxito estaba bastante bien estudiada: se cogía un cuento popular, se le quitaban las partes políticamente incorrectas, se añadían canciones cada veinte minutos de metraje, y a ganar pasta. Hay que decir que salvo truños muy concretos (como Pocahontas), la cosa quedaba bastante bien, y encima traían mensaje para los críos. Cosas útiles, ya se sabe. Por ejemplo, El rey león nos enseñaba que nunca hay que fiarse de la familia, que comer animales es bueno siempre que no los conozcas personalmente, y que cuando las cosas te vayan mal lo mejor es irte con tus amigos de parranda y pasar de todo. La Bella y la Bestia, por su parte, hacían ver a las niñas que si el tío tiene pasta merece la pena hacer un esfuercito, y que aunque sea un animal y te pegue de vez en cuando en el fondo es bueno. Aunque seguramente mis favoritas eran las que nos introducían a los niños en el mundo de las mujeres, con valiosas lecciones como que manipular, engañar o robar está bien siempre que la tía esté buena (Aladdin), que si eres muy feo nunca podrás ligarte a la tremenda pero siempre podrás engañar a una niña (El jorobado de Notre Dame, o Consecuencias de pasar demasiado tiempo en la iglesia) y que a partir de los 15 años todo vale, sobre todo si sólo si llevan bikinis que tapen lo justo (La sirenita).

Pero por aquel entonces ya empezaban a experimentar con nuevas estrategias que han cuajado estos últimos años. Del 93 al 96, de un programa llamado Mickey Mouse Club salió una tal Britney Spears. Gracias a dios no lo estrenaron en España (al menos yo no me enteré) porque bastantes problemas tenía yo a los 11 años conteniendo mis incipientes hormonas como para echar más leña al fuego. Lo que sí que llegaron fueron los videoclips de “Baby One More Time”, que no dejaban lugar a dudas de la intención de la jugada ni en el título. ¿Alguien recuerda que es lo que pedía “one more time” aquella señorita vestida de colegiala? Yo recuerdo los comentarios de todos los tíos de mi entorno sobre lo que le habrían hecho más de una vez y más de dos, pero de la letra ni papa. El caso es que la Disney debió tirarse de los pelos al ver el filón que se les había escapado, y se hicieron una firme promesa. Nunca más.

Después de Britney Spears, han salido de la factoría de los sueños Justin Timberlake y Lindsay Lohan. Justin me suena, un grupo de música y algo de una teta y Janet Jackson. (¿Casualidad?). De la tal Lindsay tengo más informes, y tiene de inocente y “disney” lo mismo que… Britney Spears. Pero menos todavía. Vamos, que es un zorrón.
A partir de aquí me pierdo porque este rollo es como los Pokemons, que sólo los controlas si estás en el mundillo. Pero la lista es larga, y no hay que buscar mucho en Internet para saber que Hilary Duff, Miley Cyrus, Ashley Tisdale, Vanessa Hudgens, Jonas Brothers, Selena Gómez, Zac Efron o Angel Lara (creo que son clones, están ordenados por orden de creación) son ahora los ídolos de la juventud. Sinceramente, sólo conozco de oídas a los Jonas, pero dan más grima que un pase a cámara lenta de los últimos minutos de David Carradine. Tres enanos que no tienen edad de afeitarse dándoselas de duritos y a la vez de cristianos defensores de la castidad. Y las tienen a todas locas, oye.

Sin entrar en análisis de si la cosa es censurable o no, o si los Jonas o Vanessa Hidgens (por nombrar una) están buenos objetivamente o no, la realidad es esta. Si la juventud está recibiendo semejante bombardeo de tremendos/as a todas horas desde los ocho años, no me extraña que a los doce vayan ya más salidos que el pico de una plancha, y a los quince estén aburridos del sexo tradicional y empiecen a probar cosas más pintorescas. No daré detalles para no asustar a papás con progenie en la edad, pero no hay más que darse una vuelta por una disco light de esas para saber lo que se cuece. Y por cierto, para los inocentes que se han tragado el rollo de la castidad, siento decir que aquello lo inventó Britney Spears.
A mi la verdad es que el tema ni me va ni me viene. Estoy muy mayor para aprovecharme de las de 15 (o para que ellas se aprovechen de mi, más bien), y soy muy joven para preocuparme de si mi hijo se gasta el dinero de la paga en tazos, profilácticos o farlopa para animar la fiesta. Pero si Disney, compañía familiar por excelencia, ha decidido que estos son los modelos a seguir y los exhiben sin pudor, no me quiero imaginar cómo será lo que vean a escondidas los adolescentes de ahora. Nosotros mirábamos la Playboy cuando Disney estrenó Hércules. Este año van por High School Musical 3, si no me equivoco. Buscad en Internet el cartel, y haced cuentas.

Pero esto no es necesariamente malo, ¿eh? Si conseguimos que el índice de fracaso escolar no suba, van a llegar a los dieciocho tan aburridos de trincar que vamos a tener una generación de universitarios superdotados. La envidia del mundo, oye. Imaginaos todo ese esfuerzo que los universitarios han invertido toda la vida en ligar, aplicado al estudio. En diez años, España nueva locomotora de Europa.
Y si no, al tiempo.