martes, 29 de septiembre de 2009

De bolsas de pipas y otras cuestiones

Tres semanas intentando escribir un post sobre por qué la gente no sabe llamar al ascensor, y nada, que no hay manera; pues ahí se queda, en el limbo de los posts. Para compensar mi infructuoso sobreesfuerzo y recompensar a mi agotado cerebro, vuelvo a comentar sobre noticias absurdas que me llaman la atención. Lo sé, lo sé, abuso de ellas, y a este paso acabarán siendo el tema principal del blog, pero que queréis, son fáciles y dan mucho juego. Perdónenme mis lectores por la triste frecuencia de actualización en la que me estoy instalando, por la facilidad del tema de hoy, y por la poca actualidad de las noticias. Pero oye, peor es nada.
Empezamos…

La primera, por derecho propio sin duda alguna, es la de la campeona que ha llegado a urgencias con una bolsa de pipas alojada en sus partes íntimas. Y es que lo de la gente que se mete objetos diversos por orificios diversos -aún circula por ahí la historia del hámster- es ya un tema tratado con pelos y señales que ha dejado de ser noticia. Pero la de hoy me fascina, porque estas cosas suelen depender más del presunto placer físico que se obtiene introduciéndose, pongamos, un roedor por el recto, que de la funcionalidad del objeto en sí. Quiero decir, si por ejemplo una chica se mete el móvil por sus partes, la finalidad suele ser recibir un estímulo agradable, no mejorar la coberturadel aparato. Y ahí está la gracia de la noticia.
Porque, como los más avispados habréis deducido ya, al bolsa de pipas no fue usada como artefacto masturbatorio, entre otras cosas porque iba vacía. Era el improvisado sustituto de, como no diría mi madre, un condón.

Inciso: en mi casa los condones son y serán siempre preservativos, supongo que porque en Bilbao se usan más para envasarla al vacío y preservarla en buen estado que para otras cosas. De ahí que el sujeto de la noticia no llevase ninguno encima, imagino.
Fin del inciso

Total, que la escena es más o menos esta: dos chavales con un calentón del quince se encuentran con que llueve y no tienen chubasquero. Las campañas de concienciación y de sexo seguro han dado sus frutos, y se ven moralmente incapaces de consumar sin la debida protección. “Oh dios”, piensan. “Aun con las horribles ganas que tenemos, sin preservativo no hay nada que hacer”. Los jóvenes, contradiciendo el sentir general sobre la juventud, son dos personas cabales que saben disfrutar de su sexualidad de forma responsable.
Aquí acaba la loa a la inteligencia y las nuevas generaciones.
El tío, supongo, (llamadme feminista, pero para mi vergüenza estas genialidades suelen ser idea de mi género) rebusca en los bolsillos y encuentra una bolsa de pipas. Digo rebusca en sus bolsillos como licencia poética, porque el resto de posibilidades son aun si cabe más aterradoras. Total que, orgulloso de sí mismo, se la enseña a su ligue/novia/amantísima esposa. Y claro, llegan a la conclusión obvia: hacerlo sin condón es peligroso, pero una bolsa de pipas… coño, eso es una garantía indiscutible de sensaciones únicas, a la par que protección mejorada (a ver quien es el guapo que la rompe).
Así que Einstein se calza la bolsa en el miembro, dispuesto a culminar la hazaña de la noche. Mis felicitaciones por su absoluto control mental de la situación, porque si ya de por sí es desagradable enfundarse una goma fría y viscosa en pleno momento álgido sin perder la concentración, enfundarse una bolsa de pipas tiene que ser el triple salto mortal de los cortarrollos. Por supuesto, no quiero dejar fuera a la chica, porque sabiendo que un tío vestido únicamente con un condón y con el mástil en alto es lo siguiente más ridículo a Naranjito, no me quiero imaginar el panorama si el que te la va a meter es la mascota de Pipas Facundo encarnada. Aterradora imagen, digna de la peli “El laberinto del Fauno” que ambos superaron con nota. ¡Bravo!
Y que luego digan que nos lo dan todo hecho y que los jóvenes no sabemos superar los problemas…

A partir de aquí, el resto del cuadro es tan antiguo como la humanidad. No considero necesario ensañarme en la lubricación del invento, en el hecho de que la sal no puede ser especialmente agradable en determinadas zonas y momentos, o en la contraproducente ergonomía de las bolsas de pipas. Demasiado evidente, al fin y al cabo, y hoy ya tiro de tema facilito.

La segunda y última noticia que no se aparta de mi cabeza es la de los disturbios en Pozuelo.
Para los que no estén al tanto de las noticias por Madrí, o simplemente tengan mala memoria, la cosa es que unos chavales, ante una injustísima y desproporcionada carga policial (que lo sería o no, yo no estaba allí), decidieron tomarse la justicia por su mano. No sé qué concepto tendrán de justicia por Pozuelo, pero el caso es que se dedicaron a lo que en Euskadi se denomina terrorismo callejero y en la capital del reino son disturbios y vandalismo variado. Es decir, romper cosas. Hasta aquí, todo normal.

Luego, para redondear la noche, atacaron una comisaría. Con dos cojones. Ni la kale borroka se atreve, pero los pijos de Pozuelo son de otra pasta, señora.

Por supuesto, fue un ataque frustrado rápidamente (otra cosa habría hecho bajar bastante mi ya de por sí devaluada confianza en las fuerzas de seguridá del Estado). Pero lo que me maravilla es que lo intentaran, dejando a los genios del Condones Facundo en un vergonzoso segundo puesto en la escalada a la estupidez del mes. Porque sinceramente, si ya me resulta difícil imaginarme una conversación con los pros y los contras de trincar con una bolsa de pipas, una conversación debatiendo los pros y contras de atacar una comisaría con palos y piedras diría que raya el más absoluto absurdo, si no lo hubiéramos alcanzado ya.
Imagino que la cosa fue más o menos así:

- Uf, pues lo de reventar el contenedor a patadas cansa eh?

- Ya te digo, y como que sabe a poco. Como adalides contra el sistema que somos, deberíamos dedicarnos a gestas más altas y gloriosas.

- Coincido contigo, querido colega. Unos finos estrategas como nosotros no deberíamos desperdiciarnos en tareas que puede perfectamente llevar a cabo cualquier chusma. ¿Qué me sugieres?

- Pues no sé… ¿ataque frontal contra la comisaría de Pozuelo?

- … me vale.


Y que España fuera una potencia militar en su época…


¡Hasta la siguiente semana, mes, trimestre o lustro!

viernes, 4 de septiembre de 2009

Las señales

Situación: estoy el sábado en una discoteca cuando se me acerca un tío con un tupé a lo John Travolta en Grease. El elemento, sin cortarse un pelo, va y me suelta un “hola ¿eres homo o hetero?” con tan total y absoluto desparpajo que me deja a cuadros, y tengo que pararme a pensar la respuesta. Mientras buceo en mi cerebro tratando de recordar la última vez que alguien me entró tan directamente y, ya de paso, mi orientación sexual, el tío sigue con su rollo. Algo de las bondades de pasarme a la acera de enfrente y del éxito arrollador que tendría, todo esto supongo que espoleado por mi aparente momento de duda. Entre que empezó a hablarme y se fue, calculo que el proceso entero duró aproximadamente treinta segundos. Impresionante eficiencia (que no eficacia).

Puede que penséis que lo cuento para fardar, pero el caso es que la anécdota me dejó pensativo. Y es que no sé si os habéis fijado, pero en general los hombres tienden a ser ligeramente más evidentes que las mujeres a la hora del cortejo. Algo casi inapreciable, lo sé, pero como soy un tío observador y sensible me he dado cuenta. Y no tengo más remedio que confesarlo: como hombre, me pierdo en esa delgada línea roja. Se me escapa la sutil diferencia que separa el piropo descarado de la mirada fugaz entre miles de personas y flashazos discotequeros.

Hola, soy Asbeel y no capto las señales.
(Decid: hola, Asbeel…)

Y es que el arcano lenguaje de las señales femeninas es un arte, e interpretándolo soy más inútil que un condón de ganchillo. Porque seamos serios, ¿qué tipo de mensaje es que una chica juegue con su pelo mientras te habla? ¿Qué se supone que intenta decirme con eso? También dicen que es buena señal que sonría, que mire directamente a los ojos, un esporádico contacto físico… chicas, poneos de acuerdo: si somos seres incapaces de hacer más de una cosa a la vez… ¿cómo pretendéis que mientras intentamos mantener una conversación entretenida e inteligente, a la vez estemos atentos a si jugáis con el pelo, tocáis nuestro hombro mientras reís y nos miráis un microsegundo más de lo estrictamente estipulado en vuestros manuales imaginarios? ¡Si para la mitad ya es difícil hablar y mantener la mirada por encima del cuello! De donde no hay no se puede sacar, vais a tener que contemplar soluciones alternativas.
Por suerte para vosotras, soy un pozo de sabiduría y lo tengo todo pensado. Atentas.

Lo primero, propongo sustituir las miraditas por señales luminosas, un valor seguro con nosotros. Si en El Señor de los Anillos se pasaban casi dos libros sin ponerse de acuerdo en si había que zurrarse con Saruman, y luego va un hobbit, enciende una hoguera en una torre, y salen dos mil jinetes de La Marca a repartir estopa, imaginaos lo que podríais conseguir vosotras con un poco de esfuerzo. Si cambiamos hoguera por móviles, mecheros y bengalas luminosas (que llevamos prácticamente todo el mundo encima, así que no hay excusa), la cosa está tirada. Pasando a la parte de las risas y coqueteo inapreciable, una bocina de camión haría un papel mucho más digno. En serio. He tenido situaciones en las que hasta que la chica no me ha preguntado si tenía preservativos no me he enterado de que había ligado, pero una onda sonora capaz de despeinarme… eso sería una pista importante. Y ya por fin, lo del pelo tiene una solución evidente y efectiva. No os toquéis vuestro pelo… ¡tocad el nuestro! A ser posible, con un tirón orientado hacia la zona en la que pretendáis acabar el cortejo, sea vuestro cuarto o los baños de la discoteca, por citar dos ejemplos clásicos. Nosotros lo hacíamos en la época de las cavernas y nos funcionaba. ¿Dónde ha quedado ese afán de lucha por la igualdad de sexos?

En resumen, queridas lectoras, por vuestro bien y por el nuestro. Si os gusta un chico, no esperéis a que se acerque él, haciendo gala de una mentalidad machista del pasado. Sacad una bengala y deslumbradle, pegadle un buen berrido para dejarlo completamente desorientado, y lleváoslo a rastras a la esquina más oscura que encontréis. Como hombre, estoy seguro de que hay métodos mejores, pero… nosotros al menos no los hemos encontrado todavía. Y oye, siempre será mejor que el sistema actual...

¡Feliz depresión post-vacacional, y hasta la próxima semana!