martes, 27 de octubre de 2009

Artefactos del Averno

Aunque siempre canto alabanzas a la vida de soltero, he de reconocer que hay pequeñas cosas que se me resisten. Como bien saben los que me conocen, soy, si no excelente, al menos un cocinero más que pasable. Tampoco se me caen los anillos por fregar (a pesar de que opine que si el MEV inventó los fregaplatos fue por algo), limpiar en general, y mantengo mi habitación en un estado bastante aceptable, que podría catalogarse como “caos sostenido en fa menor”: suficiente para no encontrar nada cada mañana, pero tampoco como para que me devoren las pelusas. Soy, lo que se suele decir, un chico apañao. Pero, como decía, hay algo con lo que no puedo, lo admito: la plancha.
O, como la llamo en esos cálidos momentos que pasamos juntos, el Jodido Artefacto del Averno.
Os podéis quedar con el que más os guste.

Y mira que no lo entiendo, porque en principio la plancha es un cachivache sencillo: una base de un material metálico se combina con un armazón plástico lleno de botoncitos, que se supone que sirven para algo. La idea es que dicha base, a una temperatura de aproximádamente 200 millones de grados (o a un CdM -Café de Máquina), al ser deslizada por una superficie de tela alise la prenda hasta que parezca que no has dormido usándola de almohada. La prenda, no la plancha. Si alguien usa la plancha de almohada estando encendida, que por favor me avise, que eso quiero verlo.

Ahora bien, ¿qué es de verdad una plancha?.
Para empezar, es el único artefacto del mundo que si lo enchufas se enciende por defecto. Lámparas, ordenadores, lavaplatos, maquinillas de afeitar… todos han evolucionado a un estado en el que pueden estar enchufados y sin funcionar. Las planchas, no.¿Por qué? Si yo pienso que una maquinilla está apagada y la agarro, el mayor peligro que corro es afeitarme la palma de la mano, cosa que no parece muy peligrosa. En cambio, la plancha es capaz de mandarte a un hospital con quemaduras de segundo grado (tercero, si la confundes con un teléfono) a nada que te descuides. Supongo que el que la inventó, además de jodernos la vida, quería darle un poco de emoción.
Ya se sabe, las labores de la casa, sin peligro de muerte, no son lo mismo.

Además de este divertido defecto de base, que se descubre la primera vez que la enchufas y buscas el botón de ON mientras la sostienes por la base, las virtudes de la plancha no se quedan aquí. La mía parece Darth Vader: tiene botones absurdos que no sirven para nada, es capaz de derretir cualquier material conocido por el hombre, mata gente, y de vez en cuando hace un sonido como si se estuviera ahogando. Entre eso, y que se me suele ir la cabeza con el vapor, cada vez que suena ese “GGGggggghhhhhsssssshhhhhhh” de ultratumba me dan ganas de decir: examina tus sentimientos, Armani. YO soy tu padre.
El día que mis compis de piso me vean planchar será el día que se empiece a poner pestillos en las puertas de casa.

Pero bueno, dejando de lado la herramienta, planchar en sí no es menos absurdo. Para empezar, no se quién diseña la ropa hoy en día, pero sospecho que es el mismo que inventó el cacharo, porque está claro que lo hace a mala leche. Mis camisas y pantalones, ropa que uso para trabajar, tienen algo así como 25 dobleces por prenda. Juro que en una de mis camisas, sólo en la manga, hay cuatro que imposibilitan colocarla de cualquier manera que facilite el proceso de alisado en cuestión. Del cuello ni hablamos, cada vez que me pongo con él necesitaría una tabla combada. Y la parte de los botones ya es de risa. ¿Nadie más que yo se ha dado cuenta de que planchar algo con botones es súmamente complicado? ¿Que esas cositas pueden incluso llegar a derretirse, y que el trozo de tela sobre el que se asientan es lo que más se arriga de este mundo? ¿A qué esperamos para hacer camisas con velcro?

Por eso, hace poco me planteé muy seriamente optimizar el proceso. Lo primero que se me ocurrió es que si ya minimizo las arrugas colgando las camisas de una percha, si pudiese hacerlo de un maniquí la cosa sería casí perfecta. Y digo casi, porque para ser perfecta el maniquí debería llenar la camisa casi a presión.
Aquí es donde pensé en una muñeca hinchable.
Y es que, si lo meditáis, es perfecto. Tiene el volumen justo para que mis camisas “slim fit” queden sin una sola arruga, y además pueden guardarse sin ocupar mucho espacio. Además, necesitaría varias, y aunque la casa iba a parecer la versión porno de “El ataque de los clones”, están bien para auyentar ladrones, de almohada para invitados, e incluso como paragüeros (un paragüas en cada brazo, y otro a la… em... da igual)
No me negaréis que son todo ventajas.
¿Por qué mi miráis así? Es un muñeco, y la voy a usar como percha. Sólo eso.
Y que coño ¡la percha es mía y me la follo cuando quiero!*







*Si leo algún comentario de alguien que de verdad haya deducido que me tiraría a una muñeca hinchable, cierro el blog.
O mato al susodicho.
¿Te sientes afortunado?