jueves, 14 de enero de 2010

Las diez cosas que me inquietan hoy (mañana, quien sabe)


1- Que la publicidad basada en un careto sonriente influya en el resultado de las elecciones. El día que sea dictador y amo supremo del mundo, lo prohibiré.
Claro que entonces no habrá elecciones, pero bueno.

2- Los yogures de tres cuartos de litro del DIA. ¿Es normal que a mi me parezcan del tamaño adecuado?

3- Que haya vuelto de navidades con un kilo y medio menos. Estáis cansados de oirlo, pero yo sigo preguntándome qué parte de mi cuerpo consume tanta energía.
Aaaaaah.
No he dicho nada.

4- Que la gente siga llamando propaganda a la publicidad. Sí, lo sé. Tú tampoco sabes la diferencia. Te odio.

5- Que sea capaz de entablar conversación con cualquier desconocida, salvo que me guste. ¿Qué gen controla esto? ¿Como demonios ha sobrevivido, evolutivamente hablando? Prueba número 3625 de que en realidad soy una mutación, o directamente, ni siquiera soy humano.

6- Que me haya fundido casi 25 años de mi vida y no sea rico, famoso, me acosen las mujeres, ni haya llegado a presidente del gobierno.
Mamá, como vidente no tienes precio.

7- Que ya hayan hecho chopped cuadrado.
Total, todos sabemos que muy natural no era ¿A qué tantas apariencias?

8- Que el otro día se me soltasen los cascos del móvil-mp3, y todo el vagón se enterase de que iba escuchando "No hay marcha en Nueva York", de Mecano, incluida la chica guapisima que estaba enfrente mío. ¡Bien!¡La canción de los machotes!
Que ahora lo sepan todos los que leen esto. No hay quien me entienda.

9- Al hilo de lo anterior, que además de los niñatos, ahora también haya señoras sudamericanas de 40 años que van escuchándo música con el móvil sin usar cascos. Que alguien me hable de usted y luego cometa semejante falta de educación me deja sin habla.
Y a ella casi la deja sin móvil, pero para mi desgracia y su fortuna, soy un ser civilizado.

10- Que lleve toda la semana preparando un post sobre bidés y papel higiénico, y al final haya salido esto en diez minutos y me guste más. Quien sabe, puede que en un par de días, si Lirinem me da lo suficiente la paliza y no llega el Tekken 6...

Cómo me gusta hacer listitas, ¿eh? ¡Voy a escribir, a ver si lo acabo!

Agur!

jueves, 7 de enero de 2010

La vida es una tómbola

Con esto de que ha caído el gordo en Madrid, mucha gente me ha preguntado si me he vuelto asquerosamente rico. Una por una, me ha tocado ir contestando lo mismo, que es que estoy en contra de la lotería, por estadística y principios. La cosa es que todo el mundo me mira como si fuese un ser extraño e inadaptado socialmente y, aunque lo soy, no considero que mi postura contra la lotería sea algo que debiera asombrar a nadie. Y no, no os voy a soltar el rollo de las probabilidades y la estadística. Porque he comprobado que, aunque la gente no tenga los datos exactos, es bastante consciente de que que toque la lotería es igual de probable que el que yo me beneficie a Natalie Portman*. Para los legos, una probabilidad entre 15 millones. ¿Y por qué jugáis, pensaba yo?

Y es que claro, me tenía despistado. Una mente analítica como la mía había reducido el proceso de lotería a gastarse una pasta en papelitos, comprobar que valen menos que una promesa electoral, y lamentarse en la mala suerte de no haber acertado una combinación entre quince millones. Pero resulta que no, que a la lotería no se juega para ganar: es un acto social en toda regla, a la misma altura de un catering de Ferrero Roché en casa de la Preysler.
Que por cierto, ¿qué ha sido de esta señora?

Total, que todo se basa en la compra de las participaciones. Hay que comprar una a absolutamente cada conocido que tenga acceso a un punto de venta. No vale con las típicas del bar en el que nos tomamos el pincho de tortilla, las de la empresa y las del club de salsa. No. Hay una máxima en este mundillo y es esta: si alguien a quien conoces se ha comprado un boleto de lotería, tú tienes que comprar otro en el mismo sitio. Además, hay que comprar uno en el último garito donde tocó, otro en las administraciones famosas, y otro con todas las combinaciones de los cumpleaños de la gente que te importa. Ya sería rabia que me compre un boleto con el cumple de mi madre, y resulta que el gordo caiga en 751229 en vez de en 291275.
Y sí, qué pasa. Mi madre está hecha una chavala.

El caso es que la verdadera razón, he comprendido por fin, es esa. El por si acaso. Porque en realidad, no estamos dispuestos a apostar por una posibilidad entre quince millones de que nos toque el gordo, eso sería de imbéciles ignorantes. Pero amigo, apostar por la posibilidad de que le toque al vecino es otro cantar. Y es que lo peor que te puede pasar en este mundo, sin contar que una cántabra te dé su teléfono y luego no te conteste los mensajes, es que le toque la lotería a un conocido y a ti no.
Primero, tendrías que aguantar al/los idiotas de turno (cualquier persona a la que le toque se considera, como mínimo, idiota, alcanzando el hijoputismo en un alto porcentaje). Segundo, tendrías que aguantar a toda la humanidad preguntándote, en cuanto se enteren del magno evento, por qué no compraste un décimo. Y por fin, tercero, tendrías que salir por la tele como el único retard de la oficina/familia/gimnasio que no compró lotería y no se ha hecho muchimillonario. Toda España mirándote y pensando: hay que ser gilipollas. Lo cual, hablando de España y su media general de gilipollismo, es mucho insultar.

Total, que de verdad que ahora no os entiendo. Por eso, este año me he alegrado el doble por no comprar lotería. Primero, porque me he ahorrado los seiscientos (¡¡¡SEISCIENTOS!!!) euros de media que se gasta cada español al año. Y segundo, porque puedo respirar tranquilo al pensar que toda la gente con la que me trato y aprecio ha tenido peor suerte que un hijoputa al que no conozco.

Supongo.

¡Hasta la próxima!



* Sé que soy cansino, pero he llegado a la conclusión de que si tengo suficientes menciones, este blog aparecerá tarde o temprano como primer resultado en Google al buscar “Natalie Portman” (¡otra!). De ahí a que ella llegue al blog y quede encandilada de mi agudo personalidad hay un paso.